Perlita - Un regalo de Dios
Un regalo de Dios
(enfrentando al dolor)
Pasaba el año 2010, había iniciado mi locura por la docencia recientemente, estaba cursando además la maestría en ciencias de la computación y aún vivía con mis madre. Estaba por terminar de formar a la persona que soy hoy, la profesión a la que me dedico y la vida que llevo.
Al traerla de regreso, mi mamá escuchaba un programa en las tardes cuyo nombre cree era “Cinco para las cinco”, donde trabajaba un muchacho con una alta concentración de melanina, le decían “Perlita”, quien era muy afable y chistoso. El tema es que la perrita en cuestión era muy negra y sintió que también iba a ser muy afable. Así que desde ahí, nuestra perrita nueva, se llevó el nombre “Perlita”.
Mi hermana y mamá se fueron directo a la veterinaria, mi mamá cuenta que llegó vomitada y orinada, porque Perlita no aguantaba los viajes en carro, era muy nerviosa. Pesaba 2 kilos y según la veterinaria, tenía 3 meses.
La hija del vecino (dueño original de los perros), dijo que como se iba tan pequeña (2 meses) que le pusiéramos un peluche en la cama para que pensara que era como la mamá. Sugerencia que luego acataríamos.
Cuando llegué a la casa, la conocí, se trataba de una perrita negra, la hernia en el vientre era bastante prominente, además, me enteré que hubo que desparasitar porque realmente estaba mal. Tenía el pelo oscuro y poco brillante y una carita muy tierna que no voy a olvidar. A veces perdíamos a la perrita de vista y era que se iba a acostar a unas cajas de zapatos que guardaba mi tío. Tenía también la gracia que le ladraba muy asustada a su propia imagen en el espejo.
Empezamos con la idea de “esta perra no va a dormir en la casa”, así que le acomodamos una camita de “patitas” comprada en la veterinaria, con cobijas viejas en la terraza, que estaba frente al patio y la dejamos ahí. Antes de irnos, mi mamá nos comunicó que se iba a llamar Perlita. Parecía un nombre muy apropiado para una perra negra, vale la pena recordar que las perlas negras son más caras que las blancas. Así fue como Perlita, ya apropiadamente nombrada, inició su vida con nosotros.
Al día siguiente, me levanté de primero, para ir a ver a nuestra inquilina y mi sorpresa fue mayúscula al verla que había dormido en el patio, a la intemperie completamente. Creo que esa fue la última vez que durmió fuera, puesto que se le hizo ver que todo nuestro amor iba hacia ella.
Mi habitación quedaba fuera de la casa, en un segundo piso de una ampliación que se había hecho hacía años, por lo que como técnicamente eso no era dentro de la casa, me la llevé para arriba, me la ponía en los regazos donde ella dormía, mientras yo programaba las tareas de la maestría y ahí me di cuenta que su ternura era enorme y que necesitaba nuevamente una desparasitada, mi pantalón quedaba lleno de gusanos blancos mientras ella dormía.
En otra ocasión, donde mi hermana estaba estudiando, esta perrita fue y arrastrando la camita que tenía, la puso al lado de donde ella estaba y se echó ahí junto a ella.
La veterinaria nos dijo que la hernia se podía operar a los 6 meses y que podíamos aprovechar para castrarla de una vez. Tuvimos que esperar 4 meses que me parecieron eternos. Entretanto, una perrita tenía que ser educada. Mi mamá con cierta risa se quejaba de las “miadotas” que se echaba por toda la casa, donde empezaba a dar trazas de lo que iba a crecer. Mi hermana tiene una foto de ella con Perlita donde la tiene sostenida en una sola mano.
El tiempo pasó, se cumplió la edad mínima para poderla operar y hubo grandes cambios en Perlita, primero, su pelo se puso más brillante, ahora no recuerdo exactamente qué alimento le dábamos, pero fue un éxito. También el detalle más importante es que a los 6 meses ya pesaba 25 kilogramos y no planeaba detenerse ahí. Seguiría hasta llegar establemente a los 31 kilos.
Mi hermana aprovechó la juventud y fuerza que tenía para enseñarle un juego de saltar sobre los sillones, subirse (la verdad, no sé como) en el respaldar y saltar hacia la parte posterior del sillón. Perlita demostraba agilidad y equilibrio junto con un dominio de su cuerpo envidiable. Este juego cesó cuando en una ocasión en el segundo piso quiso hacer lo mismo desde el balcón. Por suerte mi hermana la pudo tomar abrazándola del pecho antes de que saltara al vacío.
Otra anécdota de mi hermana, es que ella se dio cuenta que al ser una perra más grande, aguantaba mucho mejor que la abrazaran y que fuera un poco más duro de lo que veníamos haciendo con los anteriores. Por lo que dijo en un hospital en que trabajó esta misma ventaja, los perros grandes son más fuertes y uno puede abrazarlos con más fuerza, por lo que su interlocutora decidió ponerle “Elvira” como apodo por esa conversación, en honor claro al personaje de los Tiny Toons, que abrazaba hasta casi ahorcar a los demás personajes.
Recuerdo que cuando tenía un año, y en una revisión veterinaria, una asistente le abrió el labio superior para ver si los dientes estaban limpios y completos (algo que pudo conservar toda su vida). La expresión fue: “Tiene unos dientes preciosos” (y yo pensé, y bastante grandes, fue la perra más grande que he tenido).
Hubo un consejo que nos dio la veterinaria, era que la tocáramos por todo lado, porque estaba creciendo mucho y a veces los perros grandes son difíciles de revisar si les tocan alguna parte que no les gusta. Debimos haberle tocado más las patas, porque este demostró ser su punto débil de enojo, un poco más luego de su primera enfermedad que se detalla más adelante, pero quizá lo más peculiar es que notamos que le encantaba que le tocáramos el vientre. Por lo que a veces le estábamos acariciando la cabeza y de repente se volvía, nos ponía bien cerca el vientre y parecía que nos daba el c*l*, por lo que mi mamá inventó una mini-canción para Perlita, “pancha-c*l*, c*l*o-pancha” porque era lo que de alguna manera pedía que le acariciásemos.
Locuras de cachorra (y una fuerza incomparable)
Aunque tuve una perrita sin mancha de intención, sí se jaló un par de tortas. Como se adelantó, se le puso un peluche de su tamaño en la cama donde dormía. Este era un tigre muy bonito y que bueno, ella abrazaba al dormir. Cuando ya la duplicó en tamaño, se convirtió en un juguete más para Perlita. Cuando llegó a los 25 kilos, un día lo agarró simplemente y lo partió en dos con sólo una mordida y lo agitó por los aires hasta deslanarlo por completo. Creo que estaba diciendo que ya no lo necesitaba.
Sin embargo, su más grave accidente, fue cuando estaba creciendo y siempre con su ánimo de cachorro, ella vio un pájaro en el patio, por lo que le tiró la pata para jugar con él, sin embargo, la pobre ave, cayó y trastabilló, luego vino un segundo golpe, creyendo que seguía jugando que simplemente dejó al ave muerta en el suelo. Tenía mucha fuerza y agilidad.
Para mostrar su habilidad y fuertes reflejos, esta perra se dedicó a cazar exitosamente moscas, que se movían muy lento para sus saltos y brincos, a pesar de ser un perro grande, su agilidad contrastaba con todo lo que se puede esperar de un perro de sus dimensiones.
También tuvo una época increíblemente fit, mi hermana y cuñado se metieron en una carrera con perros, mi hermana estaba segura que como Perlita nunca se había metido en algo así, por medio de la montaña, donde había que pasar ríos y toda la cosa, iba a tener que esperarla, la sorpresa la dio cuando más bien Perlita la jalaba cuando mi hermana se quedaba atrás. Incluso, al finalizar la carrera, se les tomaba una foto a los participantes y aparece Perlita parada en dos patas abrazando a mi hermana, ni así se pudo cansar.
Una ensalada de frutas (tropicales)
En medio de esta situación, cuando Perlita apenas tenía un año, empezó a querer probar comida que nosotros comíamos, pero lejos de un pinto o un bistec, lo que le empezó a llamar la atención fueron las frutas. Al consultarle a la veterinaria si le podíamos dar frutas, lo primero que me dijo es que comida no, pero al aclarar que eran sólo frutas, me dijo que sí, que claro, se le podía dar aquellas frutas que le gustaran.
Eso dio pie a que nuestra recién llegada perra tuviera sus platos de melones, papaya (que le encantaba), sandía (que le gustaba menos), coco, pero la que más le gustaba, la que por mucho le encantaba fue el mango.
Sí señores, el mango era su preferido, podía agarrar una semilla de mango, levemente pelado, irse al patio y pasar ahí al menos una hora dándole hasta que la dejaba completamente blanca, limpia hasta el cansancio y probablemente, para ese momento, insípida. Aunado a esto y de manera más autónoma, aprendió a abrir botellitas “vacías” de yogur que a veces dejábamos por la cocina y con su larga lengua, las vaciaba de verdad. Ahí aprendimos que podíamos sacarle hasta el último jugo a las botellas de yogur también.
Sigue siendo un misterio, cómo hizo para abrir ella sola las botellas que estaban cerradas, porque nunca la vimos cómo lo hacía, pero puedo decir que era sólo por la tenacidad de su corazón y la terquedad de su lengua, así como la guía de su nariz.
Una alegría manifiesta (y peculiar)
En ese tiempo, el vaticinio de mi tío, probó ser falso, pero además apareció otra marca importante de la personalidad de Perlita, su rabo en definitiva, iba a mostrar alegría inconmensurable e iba a hacer sonar todo a su alrededor. Yo a veces le decía “rabo loco” porque en verdad, cada vez que uno entraba en la casa, el retumbar del rabo contra el carro o la pared o lo que estuviera cerca era la característica que se hacía notar, por encima incluso de su cara de felicidad. Mi tío le decía, “toque bombo, toque bombo” porque así sonaban los “rabazos” que se llevaba el carro.
Aunque desde luego, también las piernas de quien estuviera cerca eran víctimas de su inconmensurable alegría, sin embargo, era un látigo que no dolía. Aunque a veces se pasaba. Una vez conoció a mi novia de esa época (sólo la conoció por dos meses) y se le lanzó a abrazarla. Esa era su segunda característica, cuando conocía a alguien que quería, se le tiraba encima a abrazarlo y se quedaba parada en dos patas un gran rato. Para 2011 yo era el único blanco de ella para estos menesteres, se me abrazaba y me tiraba la lengua, aunque desde luego, no me alcanzaba, pero eso nunca la detuvo de intentarlo.
Recuerdo con cariño como una vez que estaba acostado en el piso al lado de ella, Perlita empezó a chuparme la cabeza, propiamente el cabello, yo la dejé, no me producía ninguna molestia, al rato, me levanto y veo que tengo la cabeza como si hubiera salido del baño. Me hizo recordar aquel pasaje bíblico que decía algo como “Esta mujer me ha lavado los pies con sus lágrimas”, pues bien, mi perrita me logró peinar con su lengua y su saliva. De ahí yo mismo saqué una frase basada en una marca de gel para cabello: ¿Para qué quiero moco de gorila, si tengo baba de perro?
Una perra guardián
Mi mamá solía decir que Perlita, cuando nació, “no tenía cama en qué caer muerta, pero luego le sobraron las camas”. Cuando ya Perlita estaba dentro de nuestro hogar y era un miembro más, empezó a dormir en la cama de quien quisiera.
Dado que yo dormía como “afuera” de la casa, en un segundo piso, Perlita escogía con mucha frecuencia la cama de mi hermana, que era la más baja, sin embargo, aunque podía saltar sin problemas a cualquiera de las camas, más altas, pues le gustaba seguramente el estilo de colchón o ¿qué sé yo?, nunca se lo pregunté.
En una noche, donde estaba trabajando, recordé que había olvidado algo en la biblioteca, por lo que bajé, según yo, haciendo el menor ruido posible, caminando con el mayor sigilo para no despertar a nadie, dando según yo, pasos de ninja para no ser detectado y hacerme uno con la noche. Sin embargo, iba por el pasillo que conducía a la biblioteca (y a los cuartos), cuando oigo desde el cuarto de mi hermana un gruñido muy fuerte. Entonces digo en voz alta: ¿Me está gruñendo?, lo que provocó un cambio radical de gruñido a un colchón siendo azotado por un rabo, al haberme reconocido.
Desde ese momento y en adelante, sabía que iba a tener una compañera que me iba a cuidar y como le había visto los grandes dientes que tenía, sabía que por suerte, estaban de mi lado. Sabía que aunque podría haberme despedazado el cuello con su hocico y fuerza, lo único que iba a hacer era lamer y mostrarse como el ser más dichoso por ello.
‘Dotes’ de pastor y los viajes en carro
Una pregunta que nunca me cansé de responder fue “¿De qué raza es?”, siempre que decía “zahuate puro”, había sorpresa, tanto que a veces no me creían y tenía que hacer referencia a la mamá, que era una perra mucho más pequeña e indudablemente de la ‘raza única’. De quien nunca supimos nada fue del papá, si por la rama se saca el tronco, su padre biológico debió ser un pastor o un husky. Muchas veces, sin preguntar nos decían “¡qué lindo pastor!”, cuando la veían pasar.
Contrariamente a su tamaño, el viajar en carro le producía bastantes mareos. Era increíble como salivaba, para colmo, los viajes eran largos. En esa época, íbamos mucho a Orotina (mismo lugar donde viviría más adelante) y a mi hermana, en un peaje, le preguntaron: “¿Lo lleva envenenado?”, su cara de susto, la forma en como salivaba y como le quedaba todo el hocico lleno de saliva, era increíble.
A veces se enteraba que iba para el carro, y se “sentaba en la galleta” de que no quería levantarse y tampoco se dejaba alzar. Sin embargo, luego aprendimos que con sólo ponerle el collar (y más adelante la pechera), bastaba para que ya de la manera más dócil se montara en el carro. A veces esta misma técnica había que aplicarla cuando no quería salir a caminar.
Por suerte, a todo se acostumbra uno, de modo que tras un rato, empezó a disfrutar un poco más los viajes en carro y a aguantarse las ganas de ir al baño, aunque la paseábamos antes de un viaje largo, muchas veces se bajaba directamente a ir descargar la vejiga, siempre se mantuvo muy educada, todo lo que pudo.
Los despertares abruptos
En el mismo año 2011, yo trabajaba en una universidad privada, las cuales tienen horarios un poco “atravesados”, pero ideales para quienes trabajan y estudian. Tenía un curso que era de 6 pm a 10 pm los viernes y otro que era de 8 am a 10:30 am los sábados. Además, debía ir a la feria del agricultor antes de la clase, por lo que me acostaba tarde y me levantaba muy temprano.
Salía del trabajo a las 2 pm, los sábados y típicamente llegaba a la casa, para acostarme en el sillón, poner algo en el televisor (sí, aún se usaba cable) y dormirme, porque estaba cansado. ¡Cuando de repente sentía como caían sobre mí 31 kilogramos de puro amor! Dejar claro que nunca le reproché estos golpes que me pegaba, aunque a veces me daba un poco de chicha, sabía que lo único que la motivaba era el amor que sentía al verme.
Me decía un amigo que los perros son incapaces de disimular su alegría, es totalmente manifiesta y la verdad es que con esta perra, nunca lo dudé ni un minuto. Yo digo que los perros son el amor hecho carne. Esta muchacha era la prueba viviente de ello.
Hora de pasear
Cuando mi mamá se pensionó, Perlita asumió que era para sacarla a pasear, así que salía hasta 3 veces en un día. Fue en este período cuando ya empezó a querer caminar menos. Al inicio, iban hasta el Parque de la Paz (unos 2 km), luego sólo quería ir a parques más cercanos.
Enemiga del agua
A ver, como es de esperarse, a Perlita no le gustaba el baño y que le corten las uñas, todavía menos, pero es una historia para más adelante. Lo que sí puedo decir es que ella consideraba motivo de alarma el tener una gran masa de agua cerca.
En Orotina, hay una piscina, resulta que apenas alguien entraba en el agua, Perlita iba corriendo al lado de uno viéndolo, como vigilando, apenas uno metía la cabeza bajo el agua, habían ladridos de alarma bastante fuertes. Ya lo decían mi hermana y mi mamá, Perlita tenía: “Orejas de terciopelo y voz de trueno” (en serio, las orejas de ella eran muy suavecitas y le gustaba que se las acariciasen.
Pero resultaba increíble como de verdad, consideraba una amenaza real el tener una gran masa de agua cerca, ponía toda la alarma en que uno no hundiera la cabeza, al punto que ya yo lo hacía sólo por oírla preocuparse.
En una ocasión, con ayuda de mi entonces novia, la logramos meter en la piscina, mi intención es que nadara, como hacía el perro de mi cuñado y mi hermana, pero la cara de pánico que puso fue clarísima, nunca más, de verdad su miedo, aunque irracional, era muy real, prácticamente, el agua era su “kriptonita”.
El clima caliente (con cambio de look)
Tal vez debí mencionar que para estas fechas Perlita ya vivía en Orotina, fue la única vez que de manera saludable bajó de 31 kilos a 29 kilos. Comía menos porque pasaba todo el tiempo jadeando y tomando agua. Aunque ahí paseaba más, tenía más espacio, también resultó que el calor realmente le estaba afectando.
El veterinario de ahí nos aconsejó que lo mejor era rasurarla periódicamente casi al raz, esto porque así iba a estar menos caliente. Ese cambio de look implicó un detalle interesante, nos dimos cuenta que el gran rabo-látigo de mi perrita era muy similar al rabito de un ratón.
Esas pequeñas ironías de la vida, su arma de amor era mucho más pequeña, una vez retirado el pelo que lo recubría. Fuera de eso, la Perlita de pelo corto, se veía toda elegante y en definitiva su ánimo mejoró, especialmente cuando era medio día y no tenía que tirarse en algún rincón que encontrara más frío.
Fue en este período, cuando mi hermana trabajaba como oftalmóloga en el hospital de Nicoya y se aprovechaba el viaje y llevaba a Perlita. Ahí, en playa Carrillo, conoció el mar y para sorpresa de todos, al no querer darse por menos ante los perros de mi cuñado, se metió al mar. Con el susto de todos, que iban corriendo a ver si la sacaban, también se devolvió por sí misma con la misma prestancia.
El cisma
Por temas personales, las personas crecemos y salimos de casa, mi hermana se casó y se fue, un par de años más tarde, yo sólo me fui, por lo que Perlita se quedó en la misma casa donde habíamos vivido, al cuidado de mi mamá.
El trato para con el esposo de mi hermana cambió, primero, cada vez que llegaba a la casa, se ponía muy contenta de verlo, hasta el punto que se orinaba en el portón cuando llegaba y dejaba que la alzara y abrazara como quisiera, pero cuando se casó con mi hermana y se fueron, como que de alguna manera se resintió.
Sin embargo, ese comportamiento fue diferente conmigo, siempre que llegaba de visita, esa perrita me seguía saltando a veces a mi carro y moviendo siempre su cola. Dejando claro con quién prefería estar y dónde quería estar. Sin embargo, la situación para mí era mucho más difícil de tener, vivía en un lugar que carecía de patio, por tanto, tras que debía quedarse sola todo el día, no iba a tener donde hacer sus necesidades (además, en el contrato de arrendamiento, se decía explícito, ni perros ni niños). Para muestra un ejemplo, en una clara manifestación de fuerza, cuando estábamos paseándola, mi mamá y yo, llegó la hora en que me tenía que ir, me despedí tanto de ella como de mi mamá y me fui a la casa por el carro. Cuando de repente, había avanzado unos 75 metros y oigo mi nombre gritado por mi mamá. Resulta que la había jalado muy fuerte y al volverme lo que veo es a mi mamá atrás de Perlita, que venía corriendo con una velocidad increíble para mí, donde se me tiró a abrazarme apenas estuve cerca de su “radio de acción”.
Pero la vida da vueltas, “cosas veredes, Sancho amigo”. Tuvo mi hermana que irse a sacar un par de posgrados a Perú. Dado que mi mamá ya estaba pensionada, entonces se acordó que iba a pasar periódicamente unas semanas allá, para acompañarla y ayudarla con lo que pudiera. Esto abrió la puerta para que mi perrita quedara ‘desamparada’, por lo que su casa cuna ideal, era yo. Tras arreglar con la dueña de los apartamentos, acordé, tras prometer que iba a reparar cualquier daño hecho por la perra, que se me permitiera tenerla.
Esto provocó que fuera a almorzar al apartamento, para irla a pasear, a veces, con mucha pena, no podía porque se presentaba algo que me impedía salir y ella se quedaba sola todo el día. Esto debería darme mucha pena, pero tras pasar 2 días en que en 8 horas no fue al baño, porque no había áreas verdes, se me ocurrió la brillante idea de contratar a una estudiante que vivía muy cerca, le daba la llave de mi apartamento y ella me paseaba a Perlita. ¡Siempre fue demasiado linda y nunca me provocó ningún problema con la dueña de la casa! Tanto así, que en una ocasión que la saqué a pasear, un vecino me preguntó si la perra era mía, le dije que sí y me dijo que no sabía que ella existía, porque nunca ladraba ni se daba a notar.
En una, estaba yo regresando al apartamento un poco más temprano de lo que acostumbraba y curiosamente, veo a mi perra correr hacia mi apartamento (iba yo en carro detrás de ella) y a los pocos segundos veo a la estudiante bajo su cargo, correr detrás con la correa. Se había escapado, no sé ni entiendo bien el cómo supo que iba a llegar al apartamento y simplemente dejó de obedecer, salió del parque del barrio y fue hacia donde estaba su hogar, al llegar al portón, se limitó a ver para dentro y mover la cola. Aunque me resultó grato ver que ella quería estar conmigo y la cara de preocupación genuina de la cuidadora (que no me había visto), ese pequeño exabrupto, le costó una pequeña lesión de hombro, que por suerte, le pudo sanar por completo. Una muestra más de su fuerza.
Para este punto, Perlita tenía entre 7 y 8 años y ya había perdido su habilidad de quedarse de pie por un gran rato, aunque siempre me abrazaba, sin embargo se bajaba muy pronto. Tampoco podía subirse a la cama, por lo que dormía al lado mío. Aunque a veces, varias veces para ser honesto, bajaba el colchón al suelo para que entonces sí se pudiera subir y dormir conmigo.
En este período en que se quedaba conmigo, tuve la suerte o extrañeza de pasar conocer a un hindú (tanto religiosamente como que era de la India) y que en media calle me preguntó en un buen inglés, dónde podría comprar un chip telefónico. El punto es que hablando y hablando, me pidió que si lo llevaba a Río Celeste, él me pagaba la gasolina y demás y yo tenía a una perra hermosísima que no iba a dejar sola. Aunque quería prestarle un servicio a mi conocido, teníamos que ir con mi perra (en parte para que me cuidara).
El asunto es que nos fuimos, y aunque al principio, le pegó un susto a mi amigo por sacar la cabeza muy curiosa de lo que estaba pasando, pues no pasó a más. Nos fuimos, hicimos algunas paradas técnicas para Perlita y al llegar, me enteré de la mayor de las tragedias, no se permiten perros (salvo que sean guías) en el parque. Por lo que con todo el dolor del mundo, tuve que dejarla fuera con agua y amarrada, lo que nunca había hecho en mi vida. También hablé con quien cuidaba los carros que revisara que no le faltara el agua y le daba una buena propina al final.
El tour tomó como dos horas, cuando regresé, ella estaba de espaldas a mí, tomando agua, precisamente y tuve la suerte de llamarla y ver una vez más, aquella mirada de alegría enorme y como jaló la correa con mucha determinación. Creo que en ese momento supo, que yo jamás la dejaría abandonada.
También en ese paseo tuvimos la oportunidad de ver cómo se portaba Perlita en una soda que por suerte encontramos que era Pet Friendly, ahí se quedó al lado mío, aún amarrada, por si acaso, pero no fue necesaria. ¡Cuánta nobleza se puede ver en un animal!
Hubo una semana santa, en que me “tocó” ir a pasear a Perú con mi mamá, por lo que buscamos el mejor hotel de perros que pudimos encontrar, fue en Alajuela, en la Guácima, nos prometieron vídeos diarios de Perlita paseando y demás, casualmente, sólo nos llegó el primer día (por eso ni lo recomiendo) y al irla a buscar el domingo de resurrección, nos la entregaron y al verme, volvió a saltar sobre mí como lo hacía antes, fue la última vez que lo hizo por largo rato y se mostró lo feliz de verme, así como el esfuerzo que estaba haciendo, pero que de fijo, soltó mucha adrenalina cuando me vio, sólo espero que no haya sido inversamente proporcional al rato que pasó sin nosotros.
The ICPC dog
Para aquellos que me conocen, saben que soy el director centroamericano del torneo de programación universitario. En 2017, estábamos en la final regional, que cae siempre sábado y yo llevé a Perlita a la Universidad ¿Qué mal podría generar?
La actividad, organizada por la ICPC Foundation, tiene un logo con tres colores característicos y por la misma dinámica de la actividad, se le dan globos con helio a los equipos que resuelven un problema, un color diferente por cada problema. Resulta que a alguien se le ocurrió ponerle 3 globos, con los colores de la ICPC y permitirle andar con ellos por los pasillos, donde se tomaban fotos para subirlas a redes sociales de Centroamérica.
Resulta que eso fue del agrado de ICPC News, canal oficial de comunicación de la ICPC, y lo compartió bajo el título “The ICPC dog” y le llovieron likes de todo el mundo a mi perrita con tres globos amarrados a su espalda, que me seguían a todo lugar donde iba. Entonces, más allá de un mal, fue todo lo contrario, se volvió famosa por un segundo y su belleza fue contemplada y constatada a lo largo y ancho del mundo.
Mudanza definitiva
Perlita había sido una “perrhija” única por bastante tiempo. Para mediados de 2018, me apareció una perrita que se metió en un aula, en mitad de mi clase, y estaba hambrienta, cansada y estaba buscando refugio de la lluvia que caía por cántaros. Se durmió a los pies de una estudiante y se enroscó en una pequeña bolita de pelo negro.
La verdad es que no pude salir de esa clase sin una perra nueva. Con mi, entonces novia, le decidimos llamar Nymeria. Pero esta perrita sí era un caos con todo, por lo que tuve que donarla a mi mamá, que justamente había adoptado también otra perrita (Canela). Por lo que Perlita pasó de ser el centro de atención a, con casi 9 años, tener dos “hermanas”. Por otro lado, mi novia obtuvo una border collie a la que llamamos Diana. Este fue casi el detonante de que ya era hora de marcharse del apartamento.
La relación con las otras perras fue un poco de celos por parte de Perlita, sobretodo con Canela, no se llevaba muy bien. Al principio, con Nymeria tampoco, pero al rato, Nymeria a punta de chuparle las orejas y los labios, se empezó a dejar querer cada vez un poco más.
En el año 2019, me mudé de vuelta a la casa donde crecí, mi mamá se pasó a una casa más pequeña y se había llevado a las 3 perras con ella. Sin embargo, a mi mamá le cansaba un poco tener 3 perras y había una que siempre siempre, quería irse conmigo, así que con más espacio, ya determinamos que Perlita quería vivir conmigo, algo que siempre había manifestado, pero que bueno, ahora sí se le cumplió.
En el parque, donde la paseamos causó un poco de “sensación” por su tamaño, era grande e imponente (ya la habían confundido con un pastor en el pasado, ¿no?) y se hablaba de lo bien conservada que estaba para tener 9 años y medio. Incluso, hubo uno de los que paseaban perros también que comentó, “tiene 9 años, pero todavía echa”, algo que se me quedó grabado.
Primera enfermedad
Por esa época, mientras mi ahora esposa, esperaba con Perlita a que saliera del súper ocurrió, ahora sí, por última vez, que se puso en dos patas para recibirme y abrazarme, pero en menos de un segundo, estaba de vuelta en el suelo. Resultó que estaba empezando a mostrar signos que le costaba levantarse del suelo, y ya sostenerse en dos patas le era casi imposible.
El diagnóstico, displasia de cadera. Por ello, la sometimos a fisioterapia, donde la verdad le gustaba que la ‘chineáramos’ (consintiéramos, si no lees tico) con la terapia, fue muy buena. Al final, aunque ya estaba claro que las patas traseras no eran lo que solían, podía seguir haciendo ejercicio.
Se le recomendó estrictamente salir 2 veces al día, cada una de 15 minutos, para no golpearla mucho. Quizá debimos haber sido más estrictos en esto, sobre todo pensando en las vacaciones que tuvimos, que se detallarán más adelante.
También hubo que mover la habitación, de la segunda planta a la primera, Perlita tenía prohibido, de ahora en adelante, subir y bajar escaleras.
Yo lo que sabía, es que ella iba a estar donde yo estuviera. Por la displasia de cadera, tuvimos que poner por toda la casa fon para bebés, de modo que ella no se resbalara, pero así se podía mover bastante bien. También pusimos camas de perro en lugares estratégicos, cercanos a donde uno come, duerme o trabaja. Recordemos que para este momento estamos en media pandemia y ya el teletrabajo se volvió norma, por lo que pude pasar mucho más tiempo con Perlita.
Esta enfermedad también se manifestó con que ya no se podía subir de un sólo brinco al carro, sino que se impulsaba con las patas delanteras y si las traseras le aguantaban quedaba a la espera de que yo la subiera, cosa que hacía con gusto. Una de las cosas que me llamó la atención es como para todo esto, no se quejaba en lo más mínimo.
Esta enfermedad tuvo una primera consecuencia, se le empezó a dar Arti-trab de manera constante y también le recetaron gabapentina de por vida. Pero la verdad es que respondió bastante bien, desde luego, estaba más lenta y ya no se levantaba apoyándose en las cuatro patas, sino que primero levantaba las delanteras y luego las traseras, pero ahí estaba, seguía viviendo.
La ladrona de mariscos
A diferencia de Diana, Perlita siempre fue muy respetuosa de la comida de las personas, siempre estaba ahí viéndonos comer, a veces pedía como llorando un poco, pero nunca tomando la comida por su cuenta. Creo que todo eso cambió el día que conoció la trucha y su amor por los mariscos.
Todo empezó cuando mi esposa había dejado descongenlando una trucha y de repente notamos que le faltaba un pedazo y vemos a Perlita comer con total displicencia el trozo de trucha que faltaba. Ahí nos dimos cuenta que los frutos del mar eran sus favoritos. Aunque para ser honesto, mi primera sospechosa fue Diana.
Por ello, una vez que compré una bolsa de mejillones, les di como premio un mejillón a cada una, Diana lo mordió un par de veces y lo dejó caer. Mientras que Perlita ya se había comido el suyo y se fue directo a comerse el otro. Sólo por eso, se llevó uno que otro más, dado que noté que le gustaban mucho.
Un renovado impulso (cambio de dieta)
Perlita hasta ahora, se alimentaba del mejor alimento concentrado que le podíamos dar, cuando de repente apareció DNAture (les juro que no es publicidad pagada), que consiste en carne cruda molida de diferentes fuentes. Se mezcla con varios vegetales, recuerdo el caso de kale.
El asunto es que le empezamos a dar esa dieta, y notamos el cambio, primero se adelgazó, pero mantuvo el peso, por lo que ganó músculo y se movía mejor, parecía más activa e incluso, se lanzaba del carro y caía mejor parada. También tuvo menos problema para subirse a la cama. Incluso nos lanzamos a comprar un colchón para perros de la Repa, donde es prácticamente un colchón para humanos, pero del tamaño de un perro. Incluso, sin perder peso, se le marcó mejor la cintura.
El asunto es que a pesar de la altura, Perlita lo agradeció y se echaba ahí bastantes horas. Además, ya no tenía que alzarla cada vez que se subía o bajaba escaleras, porque ya no se dejaba, de por sí.
Sinceramente creo que este cambio de dieta le dio como dos años más de vida. E incluso, le dio más fuerza y energía para la sección siguiente.
Pintando paredes
Como consecuencia de la displasia de cadera, Perlita perdió un poco de sensibilidad en la punta del rabo. Si han seguido la historia hasta aquí, recordarán que una característica de su felicidad desbordante cada vez que veía a alguien que quería, era la forma en como movía sin parar el rabo y le pegaba a todo.
Pues bien, nos dimos cuenta que esos “rabazos” que pegaban eran en realidad, ella conteniéndose, al perder sensibilidad, no se daba cuenta que algo le podría haber dolido o raspado en la punta o simplemente golpeado. Por lo que se rompía seguido el rabo al ver llegar a alguien que quería. El veterinario me explicó que esa pérdida de sensibilidad era más o menos común y que someterla a una amputación parcial del rabo, podría volver a implicar que en un futuro se volviera a romper el rabo.
Además, yo me oponía a que Perlita perdiera algo que le caracterizaba tan bellamente. Sin embargo, eso no cambió que me siguiera recibiendo como siempre, corriendo (hasta donde sus patas se lo permitían) a la cochera para dejar los carros como si hubieran presenciado un accidente y ni qué se diga de las paredes.
Esta pintada de paredes, no se limitó a nuestra casa, la casa de mi mamá y de mi hermana también fueron lienzos del rabo de mi perrita. Aunque en menor medida, claro, pero al llegar a dichas casas y ver a personas tan queridas para mi perrita, ese rabo no perdonaba ninguna pared que estuviera en frente (o mejor dicho, al lado).
Durante un tiempo, fue común ver como nuestra perrita tenía una gasa en la cola para su protección y la de nuestras paredes, sillones, carros y hasta nuestra piel. La verdad es que extraño mucho andar limpiando las paredes, este fenómeno cesó, cuando también cesó la fuerza de su rabo.
La nueva enfermedad (pero no de Perlita) y la bendición
Curiosamente, en febrero 2020, nuestra otra perrita fue diagnosticada con epilepsia. Se trata de una enfermedad muy fea. Lo interesante es que esto de alguna manera fue una bendición para Perlita. A partir de ese momento, parte del diagnóstico fue: “Diana no se puede quedar sola”, por lo que de manera transitiva, Perlita tampoco se quedó sola.
El primer cambio que favoreció mucho a Perlita fue que tuvimos que cambiar de cama, la otra al ser alta, permitía que Diana se metiera abajo, donde le gustaba estar, pero si tenía un ataque ahí, se podía lastimar. Así que mi esposa compró una cama japonesa, casi al ras de piso, lo que permitió que Perlita volviera a subir a dormir con nosotros! Al estar más cerca del suelo, mi querida Perlita siempre hacía su esfuerzo por subir esa y única grada.
Debido a todo esto, conocimos cuanto lugar “Pet Friendly” existe en los alrededores y también en lugares no tan alrededor. Sabemos cuáles son realmente “Friendly” (amigables) y cuales son sólo “accepted” y medio a regañadientes. Eso sí, dado que Perlita por su displasia de cadera, le costaba mucho levantarse, no se echaba hasta que de verdad, ya no pudiera más. Así que como parte del “kit” de perros que llevábamos (botella de agua, taza, etc), la acompañamos de una cama de perro, para que Perlita estuviera cómoda.
En todo lugar donde llegábamos (aún en media pandemia, con mascarilla desde luego), esa gran cama (que fueron varias) causaba sensación, porque para una perra tan grande, se necesitaba una cama igualmente grande. Uno buscaba lugares donde estorbara al mínimo, pero siempre se notaba sin lugar a dudas.
Por la epilepsia, al fin de cuentas, Perlita pudo volver a estar en el mar y conocer montañas y ríos. Aunque en el mar, no la pusimos a caminar mucho, máxime que era negra y el mar es una vasta fuente de su “enemigo”, por lo que nos quedamos en la habitación siempre entre 10 am y 2 pm y en la mañana y tarde, salimos a que se mojara las patitas en la orilla, cosa que no pareció desagradarle.
Una vieja cascarrabias
Veamos, Perlita tenía 9 años, nunca había tenido que compartir la atención de perra única, pero ahora sí debía hacerlo y sea como sea, estaba un poco mayor. Empezó a tener actitudes más de vieja cascarrabias. Primeramente, tenía una hora para acostarse. Cuando creía que ya era hora de acostarse, inicialmente a las 9, luego a las 8, ella misma se iba como llorando un poco, hacia el cuarto. Para ese momento, estaba en el segundo piso de la casa, un poco antes de diagnosticarle la displasia.
Esta perra subía las gradas y nos avisaba a todos que era hora de dormir. Esta característica la mantuvo por varios años, hasta que le resultaba más fácil dormirse donde estaba, si no nos íbamos a acostar oportunamente, según ella.
Otra característica fue lo increíblemente territorial que era con sus camas. La perrita si estaba en una cama, no permitía que la otra perra si quiera se acercara a dos metros, pegaba esos ladridos durísimos que nos asustaba a todos, en especial a Diana, que eran el blanco del susto.
Sin embargo, aunque ella tenía sus camas, algo curioso es que si Diana se le adelantaba en acostarse y llegaba Perlita luego, cada vez con mayor esfuerzo por moverse, entonces nos miraba a nosotros como pidiendo que le sacáramos a Diana de su cama, en lugar de ladrar como solía hacerlo.
También, puede que haya sido cascarrabias, pero puedo asegurar que siempre fue noble, viejita y todo, a veces ponía la cabeza (al dormir con nosotros) sobre nuestros pies, especialmente los de mi esposa, y entonces, ya no nos podíamos mover para nada, porque la despertábamos. También mi esposa me comenta que cuando quedó embarazada y en los primeros meses le daba un sueño terrible, aprovechaba la hora de almuerzo para dormirse, quien la acompañaba a echarse la siesta era Perlita, que se subía con ella y como yo no estaba, había espacio de sobra en la cama por lo que Perlita se subía un poco más cerca del respaldar. Al punto que una vez, se quedaron dormidas juntas, mi esposa abrazando a Perlita, apenas puedo imaginar un cuadro más enternecedor.
Sin tocarme las uñas, por favor
Había una única cosa por la cual necesitábamos usar el bozal con Perlita, cortarle las uñas era una tarea cada vez más difícil, conforme iba envejeciendo, menos activa era para caminar, por lo que menos se limaba las uñas y por tanto más se doblaban los dedos al caminar.
Esto nos obligó a comprar un bozal y un limador eléctrico de uñas de perro, el cual curiosamente utilizamos por última vez justo 4 días antes de su muerte, pero de verdad, debí haberlo usado antes, porque se notó que pudo caminar mejor. Incluso creí que estaba mejor de lo que había pensado, porque seguía necesitando usar el bozal para poder evitar salir todo mordido (literalmente) de ese enfrentamiento. Pero como toda buena perra, ella siempre se mostraba feliz cuando le quitábamos el bozal y todo volvía a la normalidad.
Paseos al parque y a la montaña
Dado que Perlita cada vez tenía más limitaciones para moverse, por la displasia y la edad, pues íbamos al parque que está más cerca de mi casa. Resulta que se hizo amiga de todos los dueños de perros, donde iba a ponerles la cabeza para que la acariciaran y ya muchos la llamaban por su nombre.
En una ocasión, dado que la otra perra es mucho más activa (al ser más joven), uno estaba lanzándole juguetes a la otra, y Perlita que siempre estaba buscando atención de otros, resulta que en un momento me perdió de vista. De repente la veo caminar como asustada e iba en camino de otra persona que curiosamente andaba vestida un poco parecida a mí, pero con cara de susto. En eso la llamo y su rabo cortó el aire, así como una sonrisa le iluminó la mirada, se echó una pequeña carrera hacia donde estaba y de ahí no pasó, pero quedó esta anécdota de como siempre me buscaba.
Finalmente, debo recomendar el Hotel Suria, porque es lo máximo en “Pet Friendly”, en San Gerardo de Dota, con un viaje un poco largo para mi perrita, pero llegábamos a disfrutar de un clima frío, donde a ella le compramos un suéter canino y caminábamos por el borde de un río (a veces más cerca, a veces más lejos) hasta por 90 minutos, donde desde luego, había que hacer algunas paradas para que ella descansara, pero siempre lo seguía a uno. Yo insisto, ella iba a seguirlo a uno hasta que de verdad no pudiera caminar.
En estas travesías, a veces había que pasar por un árbol caído en el camino y ella se quedaba viéndolo y se subía con las patas delanteras que eran las fuertes y pegaba un brinquito en las traseras, de modo que se aseguraba pasar.
En otra ocasión, ya viniendo de vuelta, me detuve para amarrar un cordón, le dije a mi esposa que siguiera, Perla iba delante y siguió, pero de repente se detuvo, volvió a ver donde estaba y no se movió hasta que avancé de nuevo, cuando lo hice, empezó a mover la cola.
Ella aguantaba esos viajes, pero eso sí, una vez terminada la caminata, una por día, ya quedaba ahí, echada y cansada y con pocas ganas de moverse, salvo que tuviera que ir al baño.
Segunda enfermedad: Incontinencia urinaria
Uno está tranquilo, feliz en su cama, cuando de repente llega un olor a orín de perro. Lo que nunca había hecho Perlita, menos en una cama, resultó que empezó a tener incontinencia, o sea, no era su culpa. El veterinario, nos aconsejó que le pusiéramos estrógeno y santo remedio. Aunque por si acaso, también pusimos una pequeña alfombra impermeable y cubrimos el colchón con una funda impermeable, por si acaso se volvía a repetir.
Lo divertido del diagnóstico es que prácticamente nos dijeron que Perlita estaba menopáusica. Estas dosis de estrógenos hubo que ponérselo cada 6 meses, pero con excelentes resultados, Perlita volvía a ser la misma de siempre.
Todavía echa
A veces dejamos de percibir cuánto se ha apagado una perrita, decía Asimov “el insulto de la vejez”, haciendo referencia a que una mente privilegiada o un cuerpo magnífico acaban completamente en la vejez, desde demencia senil hasta un cuerpo cada vez más lastimado. Perlita nunca dejó de ser quien era, nunca dejó de sonreír, incluso en su último día. Perlita siempre luchó por estar a mi lado, siempre donde quiera que fuéramos, ella era la primera en acompañarnos.
Como cité hace un rato, un amigo del parque nos dijo que Perlita estaba “Pegando porte y la vara”, que “todavía echaba”. A veces uno no sabe cuándo van a ser los últimos de algo con un perro (o una persona).
Recuerdo, como señalé, el último abrazo que me dio. Recuerdo la última vez que acostada en mi cama se puso patas arriba, con las patas traseras abiertas y las delanteras dobladas mientras la acariciaba, que es una muestra de confianza absoluta y es acompañada por una muestra de felicidad.
Recuerdo el último paseo que dimos a la montaña. Curiosamente del último viaje al parque, hasta tenemos un video de como estaba caminando detrás mío (amarrada, mientras la otra iba delante). Recuerdo el último río que vio con nosotros, que fue en una finca, para hacer caminatas.
Recuerdo como de verdad, caminaba a mi lado o hacia el cuarto donde yo estuviera, recuerdo la última vez que caminó hacia el cuarto donde yo estaba. Recuerdo la última visita al veterinario y cómo con un diagnóstico de cáncer linfático y unas enormes masas en el cuello, que le provocaban babear mucho y respirar agitadamente, aguantó bastante rato de pie, mientras nos atendían.
Incluso hizo algo que ninguna mascota mía había hecho, recibió una clase en su camita (el caso de Nymeria fue diferente porque estaba dormida). Resulta que la “pet sitter” no podía cuidarla, mi esposa estaba con el bebé y tenía que ir sí o sí a Alajuela y a mí se me ocurrió la genial idea de llevarlas a Alajuela, meterlas en mi clase, donde recibieron una clase de lenguajes de programación, y se comportaron como unas campeonas.
También recuerdo el último “pecado” que le di, el fin de semana anterior compramos unos chicharrones, más para ella que para nosotros y la verdad, lo disfrutó muchísimo. Yo quería que recuperara músculo, porque estaba cada vez más delgada. También el fin de semana anterior, le di su último helado, que le encantaba. Su última golosina y su última cena (carne). También recuerdo, su último sueño y hasta capturé su último “ronquido”.
(...) To bear, with unbearable sorrow (...)
to be willing to march into hell, for a heavenly cause(...)
El título de esta sección es un fragmento de la canción “The impossible dream”, del musical “Man of la Mancha” que trata de El Quijote de la Mancha. Esta sección trata de las últimas 24 horas de Perlita. Ya Perlita no quiso ir al parque, ni amarrada, entonces la dejamos.
Le dije a mi hermana que mejor se viniera a despedir, según yo le salía pus de los ojos, si no, al menos eran lagañas enormes. Que la iba a llevar al veterinario de una vez. Al final, llegó mi hermana que pudo despedirse de ella, con lágrimas en los ojos. El tratamiento paliativo para el cáncer se había comido gran parte del músculo y estaba muy desmejorada.
Mi hermana me preguntó por la noche anterior, de martes a miércoles y le dije que llegué de dar clases, me acosté con ella y como a eso de las 4 am, se levantó, me despertó y se fue al baño, tomó agua y regresó a acostarse. Me di cuenta que no había podido llegar al patio a hacer sus necesidades, dado que me las encontré en un fon al día siguiente, pero que estaba ahí, dándole con fuerza.
El día miércoles, en la noche, me siento a la computadora, a eso de las 11 me voy a acostar y me asombra de sobremanera que Perlita no esté en la cama de ella, al lado de mi cama, donde siempre me esperaba para dormir (no había camino de fon para el área donde estaba la computadora).
Por este motivo me dirijo hacia la sala, donde la había dejado antes y me encuentro a medio camino totalmente desparramada y sin llorar para nada, sólo no pudo levantarse y se quedó ahí, casi desamparada, cuando iba camino a donde estaba yo. Inmediatamente, la alzo, la llevo a su cama de la sala, que se encuentra justo al lado de un sofá cama, extiendo el sofá cama y pongo la cama de Perlita justo al lado de mi sofá, donde puedo acostarme y acariciarla. Esa noche casi no dormí.
Llegó la hora en que debía despertarme y estuve pensando si debía dar la última clase del semestre o no, me decanté por la segunda opción, cancelé mis clases. (a ver, no cancelé clases cuando nació mi hijo, ni cuando me incapacité por COVID, así que a algunos estudiantes les preocupó de sobremanera lo que pudiese estar pasando, cosa que les agradezco). Ese día, al amanecer, la llevé alzada al patio donde pudo caminar por última vez, orinó y ya no pudo más, se quedó como echada, aún así, pudo defecar lo que para mí fue la más maravillosa obra de ese día.
Yo aún pensaba, todavía echa. Le dije “vamos, Perlita” que era siempre la instrucción que sabía de que debía seguirme y la vi mover las patas delanteras con la sincera intención de seguirme, pero ya arrastrando las traseras, sin quejarse, desde luego la volví a alzar y llevar a su cama, luego le di agua, que tomó con avidez y de verdad tenía mucha sed. Luego le di un salmón que le encantó.
A las 9 am, le dije a mi esposa que llamara a un veterinario. Para ser honesto, no se lo dije, se lo lloré, ese momento, sólo ese momento, hace que el título de esta sección tenga sentido, sufrí un sufrimiento insufrible, estaba llamando a un infierno para mí, por la causa celestial de evitar que un ser maravilloso sufriera más.
Repetí la tarea de llevarla alzada al patio a que hiciera sus necesidades cuatro veces más ese día, pero sin éxito de que pudiera apoyar las patas traseras. Me di cuenta que ya no echaba.
Además, se mantenía fuerte del tórax, según la última resonancia y radiografía, la única zona libre de tumores. Siempre fue muy fuerte mi perrita, pero saben algo, la verdad es que aunque ese día ya prácticamente no podía mover el rabo para nada, me mostró que lo más fuerte que tenía era su corazón, mi mamá venía llegando de un viaje, mi esposa tuvo que reemplazarme en ir a recogerla porque yo estaba a lágrima viva en todo momento, si me separaba un minuto de Perlita.
El asunto es que aguantó a que mi mamá volviera, cuando la vio, movió la cola una vez más, volvió a “tocar bombo” con una mesa de madera que tenía su comida y su agua. Pudo mostrar toda la alegría de volver a ver a un ser querido, demostrando además que no estaba senil, sino que estaba aún en todos sus cabales. Justamente 3 minutos después, llegó el veterinario, mi corazón quería decirles que se fueran, que yo la cargaba para donde necesitara, que no me quitaran a Perlita. Mi mente, me decía que era lo mejor, que ya no era aquella perrita que he descrito en este texto. Que debía de verdad vivir el infierno de perderla, para que pudiera descansar, para que su causa celestial se cumpliera. Dios sabe que sus ángeles están con nosotros un tiempo efímero, porque los reclama para sí tarde o temprano.
Yo siempre dije que esa perrita iba a ir a mi lado hasta que ya no pudiera levantarse …¡Y lo cumplió!